Abrí la puerta de entrada y me giré para mirar los ojos insípidos del que podía considerarse mi amigo más cercano. Él asintió, y al siguiente pestañeo salí de aquel lugar.
Hoy, como todos, era un día de esos en los que solamente me apetecía acurrucarme con mi mantita de lunares en el sofá y mirar películas románticas mientras me bebía mi chocolate ardiendo.
Con esa promesa en mente aceleré mi paso por las concurridas calles principales de la ciudad. Tenía que darme prisa, me consolaba saber que mi piso quedaba bastante cerca de allí.
Algo en lo más profundo de mi estómago rugió, pero no le hice ni caso al escaparate repleto de chocolates de diferentes colores y nacionalidades que acababa de dejar atrás, no me cabía duda de que estarían riquísimos, pero lo que menos quería era llamar la atención, y desde luego si entraba en la tienda no era para llevarme solo un paquete.
La gente a mi alrededor se quejaba por el tiempo, como cada día. Yo con mis interminables capas de ropa apenas sentía la brisa, por lo que no comprendía sus lamentos.
Finalmente avisté entre el bullicio las escaleras de la puerta de entrada de mi humilde morada y corrí hasta alcanzar la manilla y estar segura dentro. Entonces me permití soltar un pequeño suspiro que se convirtió en niebla por el frío.
Llamé al ascensor, y gimoteé al ver que aún debería esperar a que bajara justamente desde mi planta. Me consolé al pensar que quizás era Nanami, que había llegado antes que yo.
Escuché el portal cerrarse a mis espaldas y me tensé. No quería compartir la cabina, y el maldito cacharro todavía iba por el cuarto piso.
-Buenos días, Shizuku, hoy parece que refresca un poco más de lo normal, ¿no crees? Estoy seguro que pronto veremos nieve.
Me giré impasible hacia la voz, maldiciendo que fuera precisamente él, mi cerebro pensando una huida rápida.
-Señor Gino.
Intenté colarme por el pequeño hueco entre el pasillo y él, con mis recién descubiertas ansias de subir escaleras.
-Oh, vamos, tenemos casi la misma edad, te he dicho millones de veces que me llames Yamaki.
Un timbre y el inconfundible sonido de puertas abriéndose me hizo inmensamente feliz, por fin podría irse a su departamento y yo esperaría por el siguiente ascensor, nada de escaleras. Claro que no contaba con que me empujara hacia dentro cuando las susodichas puertas empezaron a cerrarse de nuevo.
Alguien había llamado al elevador, así que sin problema ascendimos hasta el tercero, donde amablemente me excusé para seguir subiendo por mis propios medios.
Gino se acercó a estampar un beso en mi mejilla demasiado rápido como para siquiera darme cuenta de sus intenciones, y tan rápido como vino se fue. Yo solo corrí hacia las escaleras, y una vez allí abrí la puerta y subí con pocas ansias hasta el piso siete. Condenado fuera.
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Tiré la mochila y me dejé caer en el sofá, las lágrimas amenazando con salir de las esquinas de mis ojos.
Entonces mi estómago me recordó que tenía hambre, y yo agradecía que no me lo hubiera recordado en el ascensor, o probablemente el chico se habría ofrecido a invitarme a comer. En el fondo no era malo, lo único es que había nacido hombre, lo que para mí era un problema.
Encontré unas galletas integrales algo blandas, pero me dio igual y las ingerí de todas formas.
El teléfono comenzó a sonar en alguna parte del apartamento, pero me dediqué en cuerpo y alma a comer la galleta que tenía en la mano. Seguramente sería Nanami, Kei como mucho. Y hablando de mi amiga, ¿no era que llegara antes que yo? Bueno, probablemente fuera solo el vecino.
Escuché un pitido y me preparé para el mensaje de voz, apostando diez mil yenes a que era Nanami...
-¡Shi-zu-ku!
- ¡Y la ganadora de diez mil yenes en efectivo es Shizuku Tori, tres hurras! - Comencé a saltar mientras buscaba el aparato.
- Tengo una muy buena noticia, ¿por qué no coges el maldito teléfono? Ya es hora de que llegues a casa...
- Hip, hip ¡hurra!
- En fin... Takeshi me ha pedido una cita, ¿no es genial?
- ¡Ya era hora!
-...por lo que esta noche no podré ir por casa. ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
- Hip, hip... ¿dónde se ha metido ese maldito cachivache? Esto no me gusta. Digo...¡hurra!
- ¿Peeero a que no sabes qué?- Alargó mucho la esa e. Pero, pero, pero. - ¡Shion ha venido a la ciudad!
¿Por qué no me había enterado por él?
-¿¡Shion?!
- ¡El mismo, en persona! -Encontré el teléfono y lo miré mal, sospechando si le filtraba a mi mejor amiga las burradas que yo decía. Pulsar el botón verde o no pulsar... - Deberías llamarlo. Además, no está solo... - No me gustaba ese tono – Bueno... es que...
-Hip, hip...
-...viene con Ren.
Lo dijo tan rápido que tardé unos segundos en entenderla, mi gran victoria esfumada. Adiós dilema, botón verde, botón verde.
-¿Nanami?
-Hombre, ya era hora de que contestaras, solo me haces caso para lo que te interesa... -masculló, supuse que frunciendo su ceño.
-No cambies de tema.
-¿Y qué quieres que te diga?
-¿No sabes nada?
-Absolutamente.
-Bien.
-Bien.
-Voy a morir.
-¡¿Otra vez?! - gimió - Escucha, las probabilidades de que te lo encuentres son bajísimas, como de un 3%.
-¿Tres? - Berreé horrorizada a punto de empezar a golpear mi cabeza contra la mesa hasta dejarme inconsciente.
-Sí, bueno, puedes buscarlo, puede venir él o puede traerlo Shion.
-¿¡Son amigos?!
-Algo así... al menos eso es lo que he oído.
Me dejé caer al sofá de nuevo, mi cara seguramente pálida.
-Nanami. No estoy preparada.
-Lo sé. Y por eso no le verás.
-¡Pero a Shion sí quiero verlo! Seguramente si le digo que nos veamos no se traiga a Ren. Se llevaban bastante mal, ¿recuerdas? No creo que haya problema. - Ni yo me sentía tan segura de eso.
-La verdad, me es un poco difícil imaginármelos riéndose alegremente sobre cualquier tontería, pero oye, nunca se sabe; ha pasado mucho tiempo.
-Es igual, llamaré a Shion, correré el riesgo, ¿qué puede ser lo peor que pase? Digo, algo que no haya pasado ya. - Reí sin ganas.
Silencio.
-Entonces está decidido, lo llamo. Pásalo bien en tu cita y acuérdate de todo para contármelo con detalle, ¡hasta luego!
-¡Shizu...!
Y corté.
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-¡Ya estoy en casa!- gritó, tras cerrar a puerta de un golpazo.
-¡Oye, apestoso!- Su ceño se relajó al oír la ducha, y se sentó para quitarse aquellos espantosos zapatos que ahora parecían quedarle tres tallas pequeños.
El teléfono comenzó a sonar en lo más alto del mueble, ¿por qué tenían uno? Eso para empezar. Ren se había negado en redondo alegando que la gente era demasiado molesta. Tras una discusión Shion salió de la casa con un portazo. Cuando volvió traía consigo el asqueroso cachivache. Ren le había mirado mal y entonces su compañero prometió ser él quien contestara siempre las llamadas. Podía escuchar el grifo cerrarse a toda prisa mientras se tumbaba en el suelo.
La persona al otro lado se cansó de insistir, y para su sorpresa sonó un pitido que anunciaba la inminente llegada de un mensaje de voz.
Suspiró.
-Hmm... ¿Shion? Soy yo otra vez. Olvidé decirte mi piso. Es el séptimo B.- Ren se quedó helado al oír la voz. No podía ser. No, no, era estúpido pensar que era ella, definitivamente se había vuelto loco. Aunque, ¿por qué no? ¡¿Por qué de repente se había callado?! Necesitaba cerciorarse de que era su voz.- ...bueno, supongo que era eso. Hasta luego.
Era ella. O quizás definitivamente debían llevarlo a un manicomio.
Se levantó como impulsado por un resorte invisible y sintió la adrenalina haciéndole cosquillas cuando vio un papel con una dirección. No cualquiera, sino la suya. Lo recogió junto con las llaves y abandonó del apartamento. Volvió a entrar a toda prisa para calzarse los malditos zapatos, mientras su compañero se acercaba a él por el pasillo envuelto en una nube de vapor con un par de toallas colgando de su cuerpo.
-¿Has contestado? - Le preguntó incrédulo.
No respondió. Ya calzado, salió con un portazo de nuevo, dejando a Shion bastante preocupado por la salud mental de su compañero de piso.
Adaptación, edición y continuación del fanfiction con el mismo nombre, creado por mí misma.